La minería chilena entra en una nueva etapa de inversión y crecimiento. Cochilco estima que la cartera de proyectos mineros para el período 2025-2034 alcanza los US $104.549 millones, el mayor nivel registrado en más de una década. El cobre concentra buena parte de esas inversiones, mientras nuevos proyectos buscan sostener y ampliar la capacidad productiva del país.
“Pero detrás de esas cifras existe un desafío todavía más relevante: producir más no dependerá únicamente de incorporar nueva capacidad, sino de obtener mayor valor de los activos, recursos y operaciones existentes”, afirma Rérison Otoni, Director de Manufactura Inteligente de Stefanini Group.
Chile produjo alrededor de 5,39 millones de toneladas de cobre de mina en 2025, según las estadísticas de Cochilco. Las proyecciones para la próxima década anticipan un crecimiento en el corto plazo, con un máximo alrededor de 2027, seguido por un ajuste asociado, entre otros factores, al agotamiento natural de los yacimientos y a los planes de explotación de las distintas operaciones.
A eso se suma otra presión. Cochilco proyecta que el consumo eléctrico de la minería del cobre aumentará desde 27,6 TWh en 2025 hasta 33,2 TWh en 2034, un 20,2%, mientras que la producción de cobre aumentaría 8,3% durante el mismo período.
La pregunta es inevitable: ¿cómo puede la minería chilena seguir creciendo y mantener su competitividad cuando producir cada tonelada exige gestionar de manera cada vez más eficiente recursos, infraestructura y energía? La respuesta pasa, en buena medida, por hacer más inteligente la operación.
“Una mina inteligente no necesariamente incorpora más inteligencia artificial, automatización o sensores. El verdadero reto es conseguir que esas tecnologías se traduzcan en productividad, seguridad, eficiencia y mejores decisiones operativas”, comenta el ejecutivo de Stefanini.
El desafío ya no es tener más datos
Las operaciones mineras generan enormes cantidades de información a través de maquinaria, sensores, sistemas de producción, mantenimiento, seguridad, consumo energético y monitoreo ambiental. El problema ya no es necesariamente la falta de datos, sino convertirlos en decisiones.
Una operación puede contar con miles de puntos de información y, aun así, tomar decisiones con datos fragmentados o con información que llega cuando el evento ya ocurrió.
La inteligencia artificial y la analítica avanzada pueden cambiar las reglas. Al integrar información procedente de diferentes procesos, estas tecnologías permiten identificar patrones, detectar anomalías y generar alertas que ayudan a los equipos a anticiparse a determinados eventos.
Pero existe una condición: la tecnología debe resolver un problema concreto del negocio.
En ese sentido, Rérison Otoni explica que “si el objetivo es reducir tiempos de mantenimiento, mejorar la disponibilidad de los equipos, disminuir riesgos para los trabajadores o hacer más eficiente el consumo energético, la tecnología debe diseñarse alrededor de ese objetivo y no al revés”.
La autonomía exige conectar el mundo digital con el físico
Otro punto relevante es entender que la automatización no ocurre en un vacío digital. Para generar resultados, las capacidades tecnológicas deben integrarse con las condiciones reales de la operación.
La autonomía real requiere infraestructura preparada, mantenimiento adecuado, conectividad confiable, procesos rediseñados y personas capaces de intervenir cuando las condiciones se alejan de lo previsto. Esto también modifica el papel del talento.
El verdadero indicador será la productividad
La dimensión económica de la minería chilena hace que esta discusión sea especialmente relevante. De acuerdo con el Anuario de Estadísticas del Cobre y Otros Minerales 2025 de Cochilco, la minería representó 61,19% de las exportaciones del país durante 2025, mientras que solo el cobre concentró 50,32% de los envíos totales. La inversión efectiva de la gran minería privada del cobre y oro y de las empresas estatales alcanzó además US$15.523,6 millones, 6,8% más que el año anterior y el mayor monto desde que comenzó la serie en 2001.
Son cifras que muestran el peso de la actividad, pero también elevan la exigencia sobre su competitividad. La pregunta deja entonces de ser cuánta tecnología utiliza una compañía y pasa a ser cuánto valor adicional consigue generar con los activos, las personas y los recursos que ya tiene. Ahí es donde la inteligencia artificial, la automatización y los datos en tiempo real pueden tener su mayor impacto.
De proyectos piloto a resultados reales
La industria minera ya ha experimentado con múltiples tecnologías. El siguiente desafío es llevar esas iniciativas desde proyectos piloto hasta aplicaciones capaces de generar resultados sostenibles a escala.
“En Stefanini Group hemos comprobado que el impacto aparece cuando la tecnología se aplica a problemas operativos concretos. En un proyecto de monitoreo ambiental para una empresa de recursos naturales y minería de Brasil, la combinación de IoT e inteligencia artificial permitió reducir 27% las visitas de campo de los operadores, mediante información en tiempo real y alertas inteligentes”, complementa el ejecutivo.
El resultado no provino simplemente de instalar sensores o utilizar inteligencia artificial. Provino de rediseñar un proceso operativo a partir de los datos.
Chile tiene una oportunidad
La magnitud de las inversiones proyectadas para la próxima década muestra que Chile continuará teniendo un papel central en la minería mundial. Se proyecta que la producción nacional alcanzará un máximo cercano a 6 millones de toneladas de cobre hacia 2027; posteriormente, las condiciones naturales de los yacimientos y los ciclos de las operaciones harán todavía más importante la capacidad de producir eficientemente.
El desafío no es menor. La demanda de electricidad seguirá aumentando y también cambiará la manera en que las operaciones gestionan recursos esenciales como el agua. En este contexto, hacer más inteligente una mina deja de ser solamente una agenda de transformación digital y se convierte en una cuestión de competitividad.
La inteligencia artificial no resolverá por sí sola los desafíos de la minería chilena. Tampoco lo harán la automatización o los datos. La verdadera oportunidad aparece cuando estas capacidades se integran con infraestructura, procesos, conocimiento operacional y talento.
Para una industria que deberá producir más mientras gestiona de forma cada vez más eficiente energía, agua, activos y talento, esa capacidad puede convertirse en una de las principales fuentes de competitividad de la minería chilena durante la próxima década.



